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sábado, 1 de agosto de 2009

Kurt Gustav Wilckens

Kurt Gustav Wilckens (3 de noviembre de 1886, Bad Bramstedt, Alemania / 15 de junio de 1923, Buenos Aires, Argentina) fue un anarquista pacifista con ideas tolstoianas que vengó la muerte de 1500 obreros huelguistas patagónicos en Argentina, matando al teniente coronel Varela, los hechos de Wilckens conmocionaron a la gente que tras su muerte salió a las calles a protestar.

Hijo de August Wilckens y Jhoanna Harmas. Nació en Bad Bramstedt, Alemania del norte el 3 de noviembre 1886 en el seno de una familia burguesa. Ya desde pequeño Kurt mostró una fuerte personalidad diferente a la de sus ocho hermanos. Luego de nueve años de estudio Kurt hizo su aprendizaje en jardinería y debe cumplir el servicio militar. A los 19 años es incorporado a un regimiento selecto al servicio directo de la guardia del Káiser en Berlín. Dos años de disciplina y de preparación para la guerra.

Cumplido su servicio militar, Kurt se dirige a Estados Unidos, donde se une a grupos de suecos, daneses, noruegos y alemanes que llevaban una vida de bohemios en contacto con la naturaleza y para vivir trabajaban en el campo. Wilckens había llegado a Estados Unidos con base política de marxismo, de lucha de clases. Pero allí con sus compañeros de aventuras que sustentaban ideas anarquistas, comienza a leer y a interesarse por las ideas libertarias, principalmente por Tolstoi. Y así, con el correr de los años, se convierte en un pacifista tolstoiano. Luego Wilckens trabajó en una fábrica de pescados, donde realizó su primer acto de resistencia pacífica y tuvo su primer conflicto con las autoridades de Estados Unidos. En esa fábrica se trabajaban dos calidades de conserva en dos envases diferentes, las mejores partes se ponían en los envases de lujo y se destinaban a los almacenes de la burguesía, los restos en envases ordinarios y se destinaban a los barrios obreros. Wilckens convenció a sus compañeros de trabajo y se procedió al revés: se envasaban las partes de inferior calidad en los envases de lujo y las partes seleccionadas iban a los almacenes proletarios en envases baratos. Cesanteado Wilckens va a trabajar a las minas en Arizona, allí en 1916 es participe en la huelga general de mineros. Es orador en asambleas porque habla bien inglés. Pero Estados Unidos, en plena guerra, no puede permitir huelgas y deporta 1168 mineros de Arizona a Nuevo México, los diarios lo califican de “el rojo más peligroso del oeste”. De allí se escapará, pero es capturado y por su ciudadanía alemana, es condenado por alta traición (se había negado a participar de la Primera Guerra mundial) y llevado al campo de prisioneros alemanes en Fort Douglas. El 4 de diciembre de 1917 logra escapar y se dirige al distrito de Washington, poblado de campesinos suecos y alemanes que le prestan refugio. Allí trabaja en las cosechas de las sierras.En 1919 se encamina a Colorado donde vuelve a trabajar en las minas, pero es apresado por la policía. Se lo somete a proceso y es expulsado de Estados Unidos, hacia su país de origen, Alemania, el 27 de marzo de 1920. Llega a Hamburgo 8 abril de ese año y toma contacto con socialistas libertarios de la federación anarquista, ellos le hablan de la Argentina, en ese país hay un amplio movimiento de obreros anarquistas. Regresa a su pueblo natal, en esos días fallece su madre, resuelve renunciar a su herencia en favor de sus hermanos, una actitud digna de su maestro León Tolstoi.

Un día después deja Alemania para siempre, se embarca en Amsterdam y arriba a Buenos Aires el 29 de septiembre de 1920, de inmediato parte para la Patagonia, “al paraíso”. Recorre en tren las pampas sin horizonte y comienza a trabajar en los frutales de Río Negro, en Cipolletti. Pero la realidad es otra, en esas regiones encuentra Wilckens la más descarnada forma de explotación, no puede soportar esa realidad social y quiere regresar a Estados Unidos con sus amigos libertarios.

Vuelve a Buenos Aires, pero en el café “La Brasileña” ocurrirá algo que cambiará su vida: se le acerca un desconocido que se presenta como un compañero de ideas, comienzan una larga conversación, el desconocido le hace preguntas, Wilckens en su mal castellano se esfuerza por responder a las preguntas del nuevo compañero. Le relata su actuación en Estados Unidos y, para ello, saca del bolsillo el recorte de un diario norteamericano que había publicado su foto y lo calificaba de “el rojo más peligroso del oeste”, luego de un rato de conversación, el desconocido lo invita a su casa para mostrarle algunos libros. Wilckens acepta. Pero la casa es nada menos que la comisaría 16 y el “compañero” no es otro que el agente de investigaciones Mauricio Gutman. Wilckens es detenido, el director de migraciones ordena su expulsión del país. Los libertarios de Buenos Aires inician su defensa y demuestran que durante su estado en la Argentina, Wilckens ha trabajado siempre. La justicia falla a favor de Wilckens y después de cuatro meses de prisión ordenan su libertad. Wilckens agradecido por la actitud de sus compañeros de ideas deciden quedarse en Buenos Aires para luchar por otros detenidos políticos. Concurrirá a la F.O.R.A. donde hará buenos amigos, entre ellos y trabajará como lavador de autos y estibador. Ya en 1922 llegan a Buenos Aires las noticias de las matanzas de la patagonia (ver: La Patagonia Rebelde). Los informes sobre el fusilamiento de los trabajadores rurales patagónicos conmocionó a Wilckens, que no podía soportar las injusticias. Desde ese momento concurre a todos los mítines, donde se informa de lo ocurrido y se mezcla con la gente de pueblo para escuchar lo que opinan, guarda siempre silencio, no emite opiniones. Solo una vez se le oye decir: “si ese coronel (teniente coronel Varela, fusilador de 1500 trabajadores patagónicos) sigue viviendo, volverá a cometer una segunda masacre”. En ese ser tan tolstoiano, se forma la imagen del ángel con la espada de fuego, la idea que lo guiaba por sobre todos los principios libertarios era la del antimilitarismo. Sostenía que todos los militares. Eran conscientes de la inutilidad de su profesión pero cuando se daban cuenta ya era tarde y por eso obraban con odio hacia el hombre común, por puro complejo, al verse traicionado por sus propios padres o profesores que los impulsaron siendo jóvenes a tomar esa carrera, los consideraba en el fondo una víctima de la humanidad, pero una víctima que se convertía, llegado el momento en el peor verdugo del ser humano, de sus hermanos.

Wilckens decide ir por Varela:
“Ya a esa hora –las 5:30 hs de la mañana- del 27 de enero de 1923, Buenos Aires presentía que la jornada iba a ser calurosa. Wilckens tomó el tranvía en Entre Ríos y Constitución y sacó el boleto obrero. Viajaría hasta la estación Portones de Palermo, en Plaza Italia. Llevaba un paquete en la mano que bien podría ser el envoltorio del almuerzo o algunas herramientas de trabajo. Parecía tranquilo. Bajó en Plaza Italia y se dirigió por la calle Santa Fe hacia el oeste, pasó y al llegar a la calle Fitz Roy se detuvo en la esquina, justo en frente de la farmacia. De la casa de Fitz Roy 2461 sale un militar, va vestido con uniforme de diario y sable al cinto, es el famoso teniente coronel Varela, más conocido por el “comandante Varela”. El hombre más aborrecido y odiado por los obreros. Lo llaman el “fusilador de la Patagonia”, el “sanguinario”; lo acusan de haber ejecutado en el sur a 1500 peones indefensos. Se encamina hacia la calle Santa Fe por la misma vereda que Kurt. Cuando lo ve venir Wilckens no vacila. Va a su encuentro y se mete en el zaguán de la casa que lleva el número 2493 de Fitz Roy. Allí lo espera. Ya se oyen los pasos del militar. El anarquista sale del zaguán para enfrentarlo. Pero no todo será tan fácil. En ese mismo momento cruza la calle una niña y se coloca sólo a tres pasos delante de Varela, caminando en su misma dirección. Wilckens ya no tiene tiempo: la aparición de la niña echa por tierra sus planes. Pero se decide. Toma a la chica del brazo, la quita del medio, mientras grita: -¡Corre, viene un auto! La chica no entiende, se asusta, vacila. Varela observa la extraña escena y detiene su paso. Wilckens en vez de arrojar la bomba avanza hacia él como cubriendo con sus espaldas a la nena, que ahora sí saldrá corriendo. Wilckens queda frente a Varela y arroja la bomba (bolsa que llevaba bajo el brazo) al piso, entre él y el militar. Es un explosivo de percusión, o de mano, de gran poder. Las esquirlas le dan de lleno en las piernas al sorprendido Varela. Pero también a Wilckens, quien al sentir el dolor punzante vuelve al zaguán y sube instintivamente tres o cuatro escalones. Es como para rehacerse porque la explosión ha sido tremenda y lo ha dejado aturdido. Todo dura apenas tres segundos. Wilckens baja de inmediato. En ese momento en que el anarquista comprende que está perdido, que no podrá huir, tiene destrozada una pierna. Al salir del zaguán se encuentra con Varela, quien tiene las dos piernas quebradas y que mientras, intenta mantenerse de pie aferrándose a un árbol con el brazo izquierdo, con la mano derecha trata de desvainar el sable. Ahora los dos heridos están otra vez frente a frente. Wilckens se aproxima arrastrando los pies y saca un revólver. Varela pega un bramido que más es un estertor como para asustar a ese desconocido de ojos profundamente azules que lo va a fusilar. El comandante se va cayendo pero no es de ésos que se entregan o piden misericordia. Sigue tironeando del sable que no quiere salir de la vaina. Varela está todavía seguro de que lo va a poder desenvainar, cuando recibe en el pecho el primer balazo. No le quedan fuerzas y empieza a resbalar despacito por el tronco y tiene todavía tiempo y voz para rajarle una puteada al que lo está fusilando. El segundo balazo le rompe la yugular. Wilckens descarga el tambor entero. Todos los impactos son mortales. Varela ha quedado enroscado en el árbol. La explosión y los tiros han provocado el desmayo de mujeres y la huida de hombres y espantada de caballos. El teniente coronel Varela ha muerto. Ejecutado. Su atacante está mal herido. Hace un supremo esfuerzo para llegar a la calle Santa Fe. La gente ya empieza a asomarse y a arremolinarse. Presintiendo lo peor, la esposa de Varela ha salido a la calle y la pobre ha visto a su marido muerto, así despenado en forma tan dramática. Mientras tanto algunos vecinos se lanzan sobre el caído y lo empiezan a levantar para llevarlo a la farmacia de la esquina. Otros siguen de cerca a ese extraño extranjero con aspecto a marinero nórdico. Le tienen recelo porque lleva todavía el arma en la mano derecha. Pero ya se aproximan a toda carrera dos vigilantes: Adolfo González Díaz y Nicanor Serrano. Cuando están de hacer nada porque él les está ofreciendo, de culata, su propio revólver. Le quitan el arma y le oyen decir en mal castellano: -He vengado a mis hermanos. Por toda respuesta, el agente Serrano, le rompe la boca de una trompada y le aplica un preciso rodillazo en los testículos. A Wilckens se le ha caído el sombrero, y así se lo llevan, con la cabeza descubierta y haciendo extraños equilibrios con las piernas heridas, como un tero con las patas quebradas.”

Desde hace tres horas lo tienen parado en la comisaría. Pese a que los huesos astillados pugnan por abrirse paso entre músculos, tejidos y horadar la piel y pese a que el pie izquierdo es una masa sanguinolenta, no le dan ni una silla ni lo dejan tenerse de la pared. Pero el alemán es duro. Contesta en su mal castellano todos sus datos personales. Cuando lo empiezan a interrogar solo dice: “Fui yo solo. Único autor. Yo fabriqué la bomba sin ayuda. Acto individual”. Eso es todo. Las demás preguntas no las entiende. No logran nada más.

El acto de Wilckens es saludado en las asambleas obreras, toda la izquierda sin excepción, lo considera su héroe. Tres meses después se puede parar con muletas, y dado de alta del hospital se lo traslada al pabellón segundo de la cárcel de los encausados y es recibido por los presos políticos y comunes con aplausos y vivas. Ya en junio de ese año, el fiscal pide 17 años de prisión para Wilckens. Se sabe que el juez de sentencia ha de dar su veredicto dentro de pocos días. Hay preocupación porque Wilckens ha recibido amenazas de muerte por diversos conductos. Algunos carceleros le han dicho que hay un complot de la Liga Patriótica Argentina para asesinarlo. Pero el complot para matar al obrero ya está en marcha.

En la noche del viernes 15 de junio Wilckens duerme y solo despertará para morir. El complot ha
calculado bien los detalles. Su brazo ejecutor será Jorge Ernesto Pérez Millán Temperley, joven de familia aristocrática, miembro de la Liga Patriótica Argentina. Comienza la última noche de Wilckens: Es la primera vez que Pérez Millán hace guardia en ese pabellón. Se pasea nervioso y observa detenidamente a través de la puerta entre abierta de la celda del anarquista extranjero. Entra sigilosamente en la celda iluminada, lleva el máuser con ambas manos y con el caño del mismo empuja en la espalda de Kurt, que se incorpora como tocado por electricidad y mira al carcelero. - ¿vos sos Wilckens? – Pregunta Pérez Millán - Jawohl – responde en alemán el sorprendido preso. Y ya el índice de Pérez Millán aprieta el gatillo y sale la bala a quemarropa. En pleno pecho. Entra un poco por encima del corazón y luego de destrozar el pulmón izquierdo sale por la espalda. Así fue muerto Wilckens, el vengador de los huelguistas de la Patagonia. La indignación por el asesinato de Wilckens fue general, la central obrera declaró de inmediato la huelga general en todo el país. Fueron jornadas de gran violencia en la que el pueblo salió a la calle a protestar. Dos años después Germán Boris Wladimirovich, anarquista ruso, vengó la muerte de Wilckens ideando un plan para matar a su asesino Pérez Millán.

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